"Hope": Furia monstruosa en la carretera
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Con el eslogan “Algo nos ha encontrado” y un cartel de la Estatua de la Libertad decapitada se anunciaba la película Monstruoso (2008). De esa gran película de monstruos creada por Matt Reeves, del que estamos deseosos de su regreso al Batman encarnado por Robert Pattinson, tengo un gran recuerdo en muchos sentidos. Aluciné por la propuesta de llevarse el metraje encontrado a la creature-feature y lo redonda que me pareció, pero había algo en ella que se quedó conmigo. La manera en la que la trama iba presentando los elementos de manera natural, sin sobreexposición y dejando que el espectador fuera descubriendo la trama a la par de los personajes, como la demora en enseñarnos qué exactamente ataca Nueva York.
Esa exacta sensación es la que tengo en el cuerpo al salir de Hope (2026), película coreana dirigida por Na Hong-jin que hemos podido ver en preestreno gracias a la proyección organizada para los socios de Málaga ProCultura.
Hablar de Na Hong-jin es mencionar a uno de los realizadores coreanos con una filmografía intocable. Oriundo de Seúl, el cineasta ha firmado cuatro películas de estilos muy heterogéneos y una calidad innegable. Desde The Chaser (2006) a esta Hope, el surcoreano ha entendido perfectamente la idiosincrasia del cine de su país. Esa disparidad de géneros -de la comedia al terror y viceversa, por ejemplo-, el nervio de las escenas de acción, lo bien definidos que están sus personajes… Todo eso está en Hope.
La película narra un día fatídico en el pueblo de Hope. Con el pueblo vacío y las fuerzas combatiendo un incendio forestal, el jefe de policía Bum-seok (Hwang Jung-min) comienza a investigar una serie de incidentes relacionados con animales recién fallecidos, que dará lugar a un descubrimiento aterrador y de proporciones estelares.
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En la película no hay unos créditos iniciales con texto explicando un evento anterior o un montaje de noticias acelerado, algo de lo que peca gran parte del cine blockbuster norteamericano. Hope arranca con un policía haciendo su ronda diaria y todo en la película lo vemos desde la perspectiva de los personajes. Tampoco hay saltos de localización como en las grandes películas de catástrofe: acostumbraos a esas calles coreanas y a ese bosque que son las únicas localizaciones de la película.
Poder afirmar que una película de dos horas y media no se hace pesada es fruto de un trabajo de montaje exquisito. La película aprovecha notablemente cada situación, cada localización y cada personaje para agarrar la historia y reconducirla a través del thriller, la acción o la comedia, con algunas secuencias hilarantes que demuestran que, en esto de introducir elementos cómicos en situaciones serias, nadie lo borda como los coreanos. Es una de esas películas de las que uno acaba exhausto al terminarla, por todo lo que acontece en ella. No en un término de narrar en demasía –su trama es bastante simple–, sino más bien por las vicisitudes que pasan los personajes. Su conclusión es un delirio maravilloso, el cual amas u odias y, en el caso de quien escribe, supone la presentación de una IP nueva y refrescante en un panorama lleno de reboots, remakes y demás.
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El trabajo de cámara presente en el filme es exquisito, continuando lo que el director ya había presentado en sus anteriores películas. Un trabajo de fotografía precioso con planos generales y alargados, sin esa dichosa manía de agitar la cámara para provocar tensión. Esto se refleja en mayor grado en las persecuciones de la película, destacando especialmente una que ocurre en el segundo acto. Quizá ese exquisito trabajo en fotografía deja ver uno de los aspectos más criticados de la película: su abundante y artificioso CGI. Considero que, una vez pasados los primeros instantes, uno se acostumbra. Es cierto que recuerda a los gráficos de un videojuego, pero tiene cohesión con la historia e incluso me parece más acertado que haber tratado de hacer algo fotorrealista. A esto hay que destacar otro aspecto muy memorable: la demora en mostrar qué es “eso” que ataca al pueblo, muy deudor de cómo Spielberg aumentaba el suspense sin enseñarnos al escualo en Tiburón (1975).
Como todas las grandes películas de monstruos, observo en Hope algo subliminal detrás de su enorme scope de espectáculo fílmico. En ese pueblo fronterizo con anuncios de espías y minas por doquier, se palpa un terror: el de ser invadido. Y ya no es solo la evidente presencia de Corea del Norte. Una población que observa cómo su pueblo es invadido por criaturas de fuera, aparentemente monstruosas, y unos servicios públicos que no son capaces de defender al ciudadano. Es como si ese Hope fuera cualquiera de las civilizaciones siendo asoladas por el terror de la guerra, viéndose indefensa ante la exacerbada muestra de poder de sus invasores.
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Elucubraciones mías aparte, Hope supone una de las experiencias más estimulantes que se pueden vivir en una sala de cine este año. Una película de las que le recuerdan a uno del lugar donde surge el amor por el cine: la emoción pura. Salir de una sala con ganas de hablar y recomendar es signo de una película que tiene algo. Su genial dominio de la sintaxis cinematográfica del thriller y la facilidad para narrar una historia coherente hacen de ella una apuesta segura para disfrutar en salas y una de las experiencias más inolvidables que he tenido recientemente en el cine.
Javi Ocaña Benítez
Director y jefe de redacción de Visto En 35MM.
Amante del fantástico y apasionado de la escritura
cinematográfica en todas sus vertientes






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