"BACKROOMS" (2026): Recuerdos consumiéndose en lo liminal
Pasillos infinitos, ecos a lo lejos y una soledad inquietante. Hoy en Visto En 35MM hablamos de Backrooms, la nueva propuesta de terror de A24 dirigida por Kane Parsons.
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| © Elastica Films No hace mucho, a propósito de Shelby Oaks, destacaba la ferviente nueva escuela de directores de género que han encontrado su campo de pruebas en YouTube, como Michael Shanks (Together) y los hermanos Philippou (Devuélvemela). Ese tema sigue en boca de todos y todas tras la llegada de otros dos cineastas: Curry Barker, director de Obsession, y Kane Parsons, conocido como Kane Pixels, creador de Backrooms, lo que nos atañe hoy. Tratar de explicar el origen de un fenómeno como el de los Backrooms, cuya génesis se allá en Internet, es como ponerle puertas al campo. Podemos establecer un punto claro de partida en 4chan, donde en un foro de temática paranormal un usuario publicó anónimamente la famosa fotografía de la oficina vacía. A partir de ahí, tal y como vaticinaba Barthes en La muerte del autor (1967), el texto original (la fotografía) dejaba de pertenecer al creador y daba paso a un sinfín de escritos, fan arts, memes y cortometrajes, donde entra el mencionado Kane Parsons. Oriundo de EE. UU., Parsons comienza su carrera muy temprana, con creaciones audiovisuales creadas en Blender. Su primer hit llega con el cortometraje The Backrooms, una masterclass de tensión y atmósfera que era capaz de ofrecer un nuevo enfoque a un subgénero tan manido como es el metraje encontrado. Tras una saga muy recomendable de vídeos, es descubierto por A24 y dan luz verde a trasladar su proyecto digital a la gran pantalla.
La película sigue la historia de Mark (Chiwetel Ejiofor), un arquitecto frustrado que trabaja en una tienda de muebles carente de clientela. Es en ese lugar donde descubre un lugar que lo transporta a un destino familiar, pero extraño al mismo tiempo. Al mismo tiempo, su terapeuta (Renate Renaisve), hace todo lo posible por tratar de entender las teorías que su paciente le plantea. De entrada, cabe recalcar que el fenómeno Backrooms no se puede concebir como un creepypasta clásico. A diferencia de figuras míticas de esta literatura digital como Slenderman, Jeff the Killer o Ben Drowned, los Backrooms son una historia puramente sensorial. El terror proviene de la incomodidad de estar en un sitio que remotamente puedes situar, pero que te trastoca profundamente. Para que me entendáis: entre el valle inquietante y lo onírico. Lo liminal no es tan contemporáneo sí echamos un vistazo al pasado. Desde Resnais y su Año Pasado en Marienbad, pasando por el Overlook de El resplandor y llegando a propuestas más modernas como Exit 8 o Vivarium. Por ello, ni 4chan ni Parsons son los revolucionarios que concibieron estos lugares encerrados en nuestra memoria. Lo que sí ha logrado Parsons es crear una atmósfera puramente pesadillesca, a través de un diseño de sonido muy logrado y unos decorados muy certeramente planteados, los cuales probablemente asociéis al Lynch más liminal, representado magistralmente tanto en el piso de Fred en Carretera Perdida como en el Black Lodge que tanto nos fascinó en Twin Peaks. No era tarea sencilla trasladar el imaginario de Parsons al largometraje y la película demuestra que el potencial de sus primeros trabajos era una mera demo. El filme se engrandece más cuando evita la sobreexplicación y coloca al espectador frente al horror, a través de varias secuencias en primera persona que recuerdan al mejor found footage. Donde la película se pierde y divaga es en su mejorable desarrollo de la historia. Sus secuencias son aterradoras y son lo que más cautivará a los y las espectadoras, pero, por otra parte, pareciese que se explique en demasía. Está en un punto intermedio donde pretende dar al espectador respuestas y al mismo tiempo no y esa dualidad no termina de funcionar. Peca también en sus últimos instantes en dejar esa exquisita tensión a un lado para, en mi opinión, enseñar demasiado ciertos elementos. Tenéis la prueba en su primer cortometraje: vale más generar desconcierto a través de lo qué podría haber y no lo que hay. Backrooms se alza como una película singular cuando abraza la estética aterradora de nuestros recuerdos mancillados por el pasar de los años. Quizá Parsons todavía tiene un camino que pavimentar, pero ha abierto una senda de un gran interés para un cine de género existencialista, onírico y que abraza la subjetividad de nuestras percepciones individuales. Triunfa en generar ese desasosiego y por conseguir algo tan complicado como llevar una estética promovida por Reels y TikToks a la gran pantalla con un resultado formidable. |






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